El juego del cazador, por Heizon Salazar

Siempre recuerdo a mi padre, me enseñó todo lo que sabía sobre la caza. Mamá nos abandonó, no la recuerdo, hizo bien en dejarnos. Toda la casa era piel y cabezas disecadas.

“Esto nos hace hombres, fuertes”, decía mi padre, con voz algo afectada por el licor.

Lo único que mamá dejó al irse fue su piano y una colección infinita de libros. Cuando cumplí doce logré escabullirme hasta la habitación donde descansaba el saber y el arte de una mujer que nunca vi. Cuando mi padre descubrió mis frecuentes visitas a la habitación sellada, abrasado por la ira común de su carácter, hizo una enorme torre en el patio y vi arder, junto con el piano, cada libro.

-Toma- estiró su mano entregándome su escopeta- engendré un hombre y un hombre serás.

-Sí, padre -el temor que sentía al tenerlo cerca jamás fue alterado.

Desde aquel día fuimos de caza cada fin de semana. Me conocí en el bosque, me descubrí y encontré, me entendí entre las trampas ensangrentadas y las desgarradas carnes.

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Mi padre murió y su legado descansa sobre mi escopeta. Creo que se sentiría orgulloso de mí; soy un muy buen cazador. Me enseñó a ser paciente, decidido y certero. Ya no tengo los mismos intereses de mi padre con respecto a las presas, él tiraba a lo que se moviese; ahora soy selecto, buscando únicamente la presa que pueda satisfacerme.

Es solitaria la vida de un cazador, la mía es especialmente sola. Viajo mucho: distinta región, distinta presa, mismo placer. No lo hago porque me guste, debo estar en movimiento por necesidad. No todos entienden lo que hago, algunos hasta lo ven mal, pero si se diesen la oportunidad sabrían qué es la libertad, el placer, el poder que te entrega el jugar al cazador.

Hace un mes estoy acá, en esta pequeña ciudad, la temporada vacacional me permite ser intangible. Nadie le da mucha importancia a un hombre de cuarenta años, serio y reservado, que pasea tranquilamente familiarizándose con el entorno. Es claro que al terminar deberé irme de inmediato, sin hacer demasiado ruido, sin sudar siquiera, luego de haber limpiado sangre y rastro.

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Llevo siete días tras una pequeña cierva; trato de hacerme invisible para que no me perciba, aun así posa su mirada en mí algunas veces. Es joven, la presa que vale la pena. Me siento a observarla en la quietud, envuelto en los sonidos cotidianos. Visualizo cada paso, cada movimiento que me llevará hasta ella. Rememoro los días que pasé con mi padre, cómo perfeccioné su técnica y la adapté a mi interés, a mi ser.

“Marie, vamos”, una voz a lo lejos me devuelve al presente, el parque está lleno de un aire limpio y ligero. La pequeña cierva da saltitos hasta llegar con su madre, quien la toma en sus brazos y se aleja dándome la espalda. La criatura me ve, sonriendo inocentemente; mañana jugaré con ella, yo seré el cazador.

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