Él y yo, nosotros, por Heizon Salazar

Cuando mamá sale y nos quedamos solos, cuando ni el más mínimo ruido advierte la pronta existencia de entidad alguna, salimos de nuestra habitación y recorremos lo que antes había sido nuestro hogar. Es fascinante sentir la textura lisa y fría de la mutilada e inexplicablemente aun viva madera bajo nuestras temblorosas manos; los muebles parecen estar en el lugar donde hace mucho tiempo fueron colocados originalmente.

Al llegar al final del pasillo en el que descansan las puertas vedadas de los dormitorios, justo al lado de las escaleras que llevan a la desértica planta baja, nos contemplamos frente al enorme espejo que parece ser parte inseparable de la pared.

Al vernos de improviso, con los inequívocos rasgos de una adultez cercana, es inevitable que uno de nosotros llore al ver su rostro desprovisto de inocencia, agobiado por el peso de los dolores no expresados, sintiendo la culpa y vergüenza de los días en los que no tuvo la suficiente convicción para resistirse; el otro, conteniendo el llanto y viendo fijamente una casi desaparecida cicatriz a un lado de su frente, se tambalea rodeado por la infinita turbación de la ira, sintiendo en su garganta la inefable presión que sólo las lágrimas y la frustración provenientes del desprecio evocan. Respirando lentamente, tratando de restablecernos, juntamos nuestras manos y miramos hacia dentro, buscando lo que creemos es voluntad y valor. Una vez recuperados, con las mejillas secas y las manos aun entrelazadas, bajamos a buscar los trozos que a cada uno le faltan.

Vamos directo a la cocina, tratando de evitar deliberadamente todo punto que sirva a la memoria de estímulo, negándonos a relacionar sucesos con objetos o entornos. Sentados en el servidor, donde no hace mucho tiempo nos reuníamos todas las mañanas antes de que uno de nosotros fuese a trotar y el otro permaneciera en casa pintando en la habitación que le servía de estudio, tratamos de escoger pensando en el otro, pensando en cada uno, pensando en nosotros.

Descartando una naranja por ser uno propenso a la acidez y eliminando un durazno por el simple desagrado del otro, no queda más que una manzana como opción satisfactoria para ambos.

Al terminar la manzana que compartimos, nos quedamos inmóviles, sin pensar en nada, sin querer hacerlo, con las manos sobre el regazo y los pies apoyados sobre el suelo. Luego de despertar del simultáneo y breve letargo, lo primero que divisan nuestros ojos son las aun infantiles, casi femeninas, y suplicantes manos; la imagen nos pone tensos, nos altera, nos plantea infinidad de preguntas sin posibilidad de respuesta.

Allí estamos, justo frente a nosotros: diestra y siniestra; aparentemente iguales y con innumerables diferencias. Se nos hace imposible no preguntarnos, sabiendo bien la respuesta y condenando nuestra existencia misma, si una de las manos podría ser a la vez ella misma y su contrario, si en la diestra podría encarnar la siniestra y mantenerse en simultánea presencia siendo cada una ella y siendo las dos una sola.

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Sobreponiéndonos nuevamente a la crisis, luego de haber caído uno inerte mientras el otro se sacudía violentamente, después de haber gritado el segundo con estridente furia y el primero haber llorado en silencio cubriéndose los ojos, al recuperar la estabilidad y centrarnos, nos levantamos del suelo y decidimos andar por ese familiar laberinto donde se esconden los recuerdos reprimidos y los intangibles sentimientos silenciados.

En las proyecciones pasadas que nuestra mente intranquila incesantemente se empeña en mostrarnos en cada pared y rincón, podemos ver los dulces rostros de quienes alguna vez fueron felices, podemos ver cómo corríamos sin preocupación, podemos escuchar esos dos tonos idénticos en estridente aumente y armoniosa sincronía, podemos sentir los dolores propios, los del otro, podemos recordar que no éramos más que el dual espectro del mismo ser unitario que al ganar edad y estatura fue disociándose de a poco.

Se nos hizo imposible dejar de crecer, encontrar el mecanismo interno que nos mantenía unidos, preservar la comunicación tácita entre nuestras mentes y cuerpos. Es inevitable no sentir nostalgia al ver hacia ese pasado en el que cada uno de nosotros decidió que podía seguir solo, ignorando el preciado vínculo que incluso antes de haber nacido nos soldaba.

En la amplia e iluminada ventana que da al pequeño patio delantero, divisamos un claro en el que nuestras torturadas penas pueden tener descanso y sosiego. Con nuestras aun sedadas fuerzas, arrastramos torpemente una silla hasta situarla justo en medio del ventanal. Uno de nosotros, recurriendo a la inagotable imaginación propia de los seres inclinados al arte y de las inequívocas personalidades creativas, recrea fielmente el sentir que la epidermis experimenta al ser rozada por una levísima brisa; el otro, usando su infalible memoria, revive cada sonido y olor que el recurrente sendero lindado por un espeso bosque traía hasta él.

Perdemos por un momento el indescriptible daño de la separación prematura; olvidamos ese tiempo remoto en el que dejamos en segundo plano la necesaria simbiosis que nos mantenía vivos, apartamos los escasos años en que decidimos ser dos, en los que separamos nuestras necesidades y deseos, en los que cercenamos a aquel ser homogéneo convirtiéndolo en dos mitades iguales totalmente diferentes.

Alejando todo malestar proveniente de las ruidosas oscuridades de la memoria, de las cuales emergen sin aviso alguno borrosas imágenes imposibles de alterar o evitar, podemos ponernos en pie nuevamente y continuar recogiendo esos trozos de pasado que sin esfuerzo alguno empiezan a seguir un patrón.

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Se nos hace imposible recordar, aun forzando al límite nuestra memoria maximizada por haber sido antes dos y ahora contener simultáneamente dos vidas enteras y dispares, las pequeñas casualidades y las impredecibles causalidades que llevaron al inevitable e inconscientemente anhelado reencuentro. Ya tranquilos, desistiendo de encontrar ese punto al parecer inexistente en el que pudimos unirnos una vez más, nos resulta verdaderamente fácil recrear en los deshabitados espacios de esta casa los hermosísimos y frágiles brotes del jardín de nuestra memoria. Nos estremecemos al pensar en cada corte y cicatriz, cada golpe individual que empezaba en uno e instantáneamente terminaba siendo eco en el cuerpo del segundo. Así fuimos haciéndonos el reflejo del otro y aquella separación anterior pareció nunca haber existido.

Los cuadros que están por toda la casa, todos firmados por nuestro puño y letra, parecen ventanas a un exterior de oleo y acuarela, una naturaleza atractiva que nos hace sonreír tristemente. Frente a la puerta de lo que una vez fue nuestro estudio, recordamos a uno trabajar sin descanso bajo una inexplicable atemporalidad mientras el otro inclinado a trabajos físicos más que artísticos hacía extenuantes ejercicios es su habitación particular.

La puerta continúa teniendo ambos nombres tallados en los costados, nombres a los que ya no respondemos por no ser utilizados a la vez, nombres que al ser pronunciados por separado sólo calan a una de nuestras mitades. Ahora, cada uno acariciando su nombre con la mano que más útil le es, nos permitimos abrir, junto con la puerta del estudio, la última portilla que en nuestra memoria se oculta.

Los cuadros aun colgados, los que fueron desgarrados por la ira, el dolor y el asco, los que descansan sobre trípodes, los lienzos que permanecen sin enmarcar regados por todo el lugar, toda imagen en la habitación es un destello preciso de lo pasado.

Podemos ver la agitación vívida del deseo, el amor más primitivo y lascivo siendo concretado, dos cuerpos idénticos, nuestros antiguos cuerpos, invadidos por la impropia lujuria, entregados el uno al otro sin la más mínima condición. Las imágenes son tan reales, tan palpables, que nos es inevitable jadear; nos sacudimos al vernos una vez más abrazándonos sobre la alfombra de esta misma habitación, templamos al vernos unir nuestros labios al principio tiernamente hasta llegar al más carnal impulso.

La mancha de sangre seca nos hace inclinarnos, ponernos de rodillas, recordar la entrada drástica que interrumpió los silenciosos y secretos encuentros que no pensamos podrían perjudicarnos; aquel dolor intenso vuelve a alojarse en nuestra nuca, de nuestros ojos brotan lágrimas y antes de que uno de nosotros grite y el otro se desvanezca sintiendo la boca llena de sangre, tal como la última vez que estuvimos aquí, el sonido de la puerta nos hace volvernos. Mamá está frente a nosotros, con la misma palidez que tintó su rostro al dar fríamente un golpe certero. Algo húmedo cae en el dorso de nuestra temblorosa mano derecha mientras nos erguimos, el hilo de sangre surge de nuestra boca y no de la nariz.

–¿Quién eres? –pregunta ella con los ojos aterradoramente abiertos y deformando su boca con una mueca tensa. Queremos contestarle, quiero contestarle, pero no sabemos quién habita, no sabemos quién ha llorado estos últimos días hasta desvanecerse, no sabemos quién decidió compartir y quién quiso quedarse.

 

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