Amo por Sairubid Gutiérrez

Amo

Son las tres de la madrugada y me despierta el sonido desmesurado del golpe de la puerta. La taquicardia aumenta cuando estoy próxima a la manilla. Podría ignorarlo, y sólo fingir que no existe ese sonido ensordecedor. Pero sé que después será peor… no tengo escapatoria. Estaba de pie bajo el dintel con ese pullover a rayas, los brazos caían a los costados, la mano derecha empuñada y la otra relajada. Me acarició con la izquierda como si fuera una mínima falta de cariño. Ladeé la cabeza y cerré los ojos. Me gustaba cuando me revolvía el cabello, parecía como si de verdad me quisiera. Retrocedí dos pasos y el dio dos en mi dirección. Me besó la frente y su espesa barba me dio comezón en la nariz, luché contra el instinto de rascarme. Me hizo una seña que ya sabía de memoria, para que me sentara en el banquito, frente a la peinadora.

—Eres muy hermosa — me dijo. Tomó el cepillo y me peino el cabello. Me carcomía las ganas de mirarlo en el reflejo del espejo. Pero sabía que no era lo correcto. Cuando paró de cepillar el cabello rebuscó algo entre sus bolsillos. Y yo seguía con la mirada clavada en mis dedos rotos y llenos de curitas.

—Colócate de pie ― Lo hice. Me dio la vuelta y por un segundo nuestras miradas se encontraron, marrones. Comenzó a desabrochar uno a uno los botones del pijama. Lo hacía muy lento y con sutileza. Sabía que estaba controlando su temperamento. Cuando hubo desecho el agarre de los cinco botones, dejó caer la camisa sobre mis pies e hizo su trabajo con el brasier, que tuvo el mismo final que la camisa. Se tomó el trabajo de acariciar mis senos y me volvió a mirar fugazmente. Terminó un seno y luego pasó al otro. Besos que se sentían lijas sobre los moretones de noches pasadas. Todo aquello con la sutileza de bailar un vals.

—Mira cómo me tienes — susurró, llevándose la mano hasta su miembro. Yo parecía no inmutarme con ninguna de sus acciones, parecía no tener miedo. Pero por dentro el corazón hecho un huracán.

—Arrodíllate.

Advertí lo peor, mas, aun así, con mis piernas tambaleante, me arrastre hasta la cama y me arrodille.

—Rézale a tu Dios― No dije nada. Pero tampoco me habría dado tiempo. No previene el primer latigazo, por lo que vociferé aullidos espeluznantes que se escucharon por toda la habitación. El segundo fue consecuencia de mis actos sobre el primero. Mordí mi lengua con todas las fuerzas hasta sentir el sabor dulzón de mi sangre.

—¿Por qué te portas mal? No me gusta lastimarte.

La ironía de sus palabras salpicó el suelo con exceso de grietas. Se rio. Ambos conocíamos la verdad, el placer era algo que él conocía muy bien y el dolor era algo que yo conocía a la perfección. El tercer latigazo, ese no dolió como el primero, pero, aun así, me sacaron las lágrimas que ya tenían, hace bastante tiempo, ganas de salir. Las dejé correr con cierto rencor; ¡traicioneras!, se colocaron a su favor. Una serie de latigazos procedieron, en el séptimo perdí la cuenta y el aliento. Cuando acabó me dejé caer en el suelo, jadeante. Él me obligó a ponerme en pie y me tiró sobre la cama, boca abajo. Sentí su peso muerto sobre mí y dejé escapar un chillido cuando su pene erecto pegó de mi trasero. Comenzó la tarea de lamer mis heridas; una por una. Ronroneaba como un gato cada que lo hacía. Ya dentro de mí no había sentimiento alguno ni cabida para el dolor. Dejé de sentir como si me hubiese hecho ajena a mi cuerpo. Él era un trapo viejo que cargaba sobre mi espalda. Las lágrimas dejaron de caer, como el tiempo de sequía seca los riachuelos. Me besó nuevamente el cuello y se alejó un poco para bajarme la parte de abajo del pijama y quise morir o gritar, hacerlo muy fuerte, pero sólo callé. Había dolores que era mejor no sacar a la superficie. Porque dolían mucho más, quemaban el alma y alimentaban al enemigo.

 

@sarubird

Apasionado por las letras y los idiomas. Estudiante de Castellano y Literatura. Escritor, poeta, taciturno. Siempre en busca de la belleza.

2 comentarios

  1. ¡Una exquisitez! Me ha encantado este cuento.


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